Ni fobias, ni vicio, ni derecho a no sentirse así o asá. Gilipolleces varias

La anécdota: Iba paseando a los perros y, como muchos sabéis, tengo una discapacidad visual, en la mayoría de ocasiones veo poco más que un ciego, o una persona con ceguera, que es perifrásticamente lo mismo que un inteligente a una persona con inteligencia. Pero ya se sabe que en esta sociedad intelectualmente indigente, cuanto más se borre, se esconda, se endulce todo, mejor, y algunos giliprogres y posmodernos aún dirán, no, por favor, se dice una persona con diversidad funcional en cuanto a la visión, con visión diversa, o alternativa, o vaya usted a saber qué gilipollez se inventan desde igual-da. Pues bien, hecha esta digresión, sigo con la anécdota. Para lo que una persona con una visión normal -quizá debería decir estadísticamente no minoritaria, o lo que ya es para nota, «privilegiada»-, digo que para lo que para alguien que ve es cuestión de milésimas de segundo que su cerebro entienda qué está viendo, para alguien que ve, en las mejores condiciones de luz, un 8 por ciento, y en las peores, ni un pijo, le lleva más tiempo procesar.
Pues bien, cuando saco a los perros por la mañana, como quiera que mi constitución de extremidades se ajusta a lo que estadísticamente resulta más común -vamos que tengo dos brazos-, pues no puedo llevar el bastón blanco y sí fiarme, que ya es de por sí un ejercicio de confianza ciega, en este par de bichos. Si tuviera una buena diversidad funcional, con un tercer miembro capaz de sujetar el bastón, eso no me pasaría -y ahora que me disculpen todos los que piensen que aludo a algo falocéntrico, del todo machista, heteropatriarcal, y toda la parafernalia. Sólo era un desideratum.
Bueno, que sigo con la anécdota. Como quiera que yo viere algo en el camino que no supiere identificar, parpadee para intentar aclarar la sempiterna bruma retiniana, giré la cabeza, buscando ese resquicio de campo visual y supongo que abrí mucho los ojos para tratar de que entrara más luz en ellos. Toda esta maniobra ocular debió superar notablemente lo que se puede considerar un tiempo prudencial de reconocimiento y pasar al grado del de la observación pertinaz. Como quiera también que lo que resultó que había en el camino era una señora -o señorita, no perdón, o ser menstruante, o vulvoso o no sé por dónde andará ya esta estupidez eufémica-, y estaba agachada, en postura de yoga, recogiendo una deyección canina, como las miles que recojo yo de estos míos al cabo del año, quisieron los dioses que aquella persona humana con cpacidad…. (bah, lo que sea), entendiera que el tiempo por mí tomado para la observancia y escarculle, que diría un paisano, no sólo no estaba entre lo tolerable para reconocer sino que, pasado el del observador, entraba ya sin matices en el del depravado voyeurista.
Así que la señora, o lo que a estas alturas haya que decir según las menestras del ramo, se me ha encarado y me ha dicho que qué miraba.
Yo, ruborizado, porque uno mantiene la vergüenza incluso como un valor, le he dicho que nada, que era difícil de explicar. ¡Por Júpiter! Cuando he oído salir esas palabras de mi boca, aún lo he visto más negro, que ya es ver, porque la respuesta, lejos de aclarar la cosa, me hundía más en el fango a oídos de mi interpeladora. Pero es que para arreglarlo me venían pensamientos hechos expresiones del tipo «no sabía qué era eso», «o no sabía qué era usted», esta última hubiera sido, a resultas de la indefinición arriba descrita, impepinable casus belli.
Finalmente, he optado por un, entre tímido y poco verosímil, «es que no veo bien», que dudo que la haya satisfecho y cambiado su opinión de mí.
Y esa es la anécdota que me ha ocurrido hoy, que creo que es el día contra la elegetibequ…y lo que te rondaré morene-fobia, y no puedo dejar de seguir pensando que no caben más imbéciles en esta sociedad tontucia, agilipollada y adoctrinada.
Me da igual que lo de hoy haya sido porque alguien no pueda entender a la primera que es que otro no ve un pijo, y con las mismas razones, me da igual que algún otro congénere (porque el género es el humano) sea del sexo que sea, o se identifique con la orientación sexual que se identifique, faltaría más, se sienta ofendido y piense que algunos somos privilegiados porque sabemos a qué aseo debemos entrar.
Lo que digo es que, a la postre, cualquiera, sea lo que sea, puede «sentirse» ofendido en una circunstancia. Pero es que no puede haber leyes para que no nos «sintamos» porque no puede haber nada más subjetivo que sentirse. Y la vida es así, con problemas reales y mariconadas varias.
En corto, que ojalá hubiera tenido vista suficiente para haber visto el panorama que esta mañana se ha puesto en mis narices, porque sí, no me disgusta esa parte de la anatomía femenina, sin ser con ello machirulo, depravado, ni nada de eso, y no me hubiera tapado los ojos si hubiera sabido de qué se trataba como ella tampoco tiene por qué adoptar otra postura para coger el excremento del cánido. Pero, al menos, no habría dado lugar al equívoco y el sofocón. Y la señora, o ser…blablabla lo que digan estos políticos sovietiquetantes), además, se ha ofendido. ¿Debo pedir una ley para que ella no se sienta ofendida por que yo le pudiera mirar el trasero o una ley para que yo no me sienta ofendido porque ella se ha ofendido cuando lo que pasa es que no veo?
Pues todo eso, todas esas tonterías en las que dedican su tiempo estos politicuchos y sus palmeres de las redes son la definición de mariconadas imbéciles a las que me refiero

Ni fobias, ni vicio, ni derecho a no sentirse así o asá. Gilipolleces varias

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