Pregón Facultad de Letras

Murcia, a 24 de marzo de 2011

Hemiciclo de la Facultad de Letras de la Universidad de Murcia

Excelentísimo Señor Rector Magnífico de la Universidad de Murcia, apreciado Don José Antonio Cobacho Gómez. 

Ilustrísimo señor decano, amigo y maestro, José María Jiménez Cano. 

Dignísimas autoridades, profesores, alumnos, personal de administración y servicios, compañeros y amigos. 

Muy buenos días. 

Es un honor y un placer estar esta mañana aquí, en la Facultad, en mi querida Facultad de Letras de la Universidad de Murcia para participar en este acto festivo tan entrañable.
 

Hace un par de meses recibí una de las noticias que más me han alegrado en los últimos tiempos y me atrevo, sin pudor alguno a decir, que una de las más celebradas de mi vida. Un correo de mi maestro y mentor en la fe sociolingüística, como el propio decano nos decía en sus clases, en el que se me proponía para ser padrino y pregonero de la Facultad de Letras en sus fiestas patronales de este año. 

Confieso que cuando recibí esta noticia pasé por diferentes estados alterados de conciencia, perplejidad, incredulidad, pavor por sentirme incapaz de estar a la altura que se me pudiera suponer y, finalmente, aceptación orgullosa y humilde, valga la paradoja, de un reconocimiento que, pese a que pueda considerar inmerecido o desproporcionado, me colma de alegría y me anima a seguir tratando de llevar el espíritu de esta Facultad de Letras allá donde el destino quiera llevarme. 

Pese a ese carrusel de emociones, no creo que tardara ni un minuto en responder que aceptaba. Primero porque acepto cualquier reto y aceptaré siempre cualquier tarea que venga de esta Casa y después, porque pensé, al menos, como decía Sancho a Don Quijote «yo sé lo que sé» y quisiera compartirlo con vosotros.

Para terminar con esta “captatio benevolentiae”, por ceñirme a retórica clásica, debo comenzar el discurso pidiendo disculpas por si las referencias autobiográficas pudieran parecer inmodestas y pedantes. Nada más lejos de mi intención. Lo que ocurre es que no encuentro forma de exaltar mejor lo que supone haber pasado por esta Facultad que el describiros mi experiencia vital. 

Admito que cualquier reconocimiento es bueno, pero si además, éste viene de personas que te han visto y ayudado a crecer, tiene un mayor significado. Se añaden semas como el del trabajo cumplido, el de la lealtad reconocida y el de las expectativas cubiertas. Creedme si os digo que esos son para mí valores fundamentales en las personas y cualidades que busco en los amigos de verdad. 

Por esta razón me considero amigo de esta Facultad, de sus profesores, alumnos y personal no docente, de todos los que hacéis posible la magia y la cultura que rezuma este ya vetusto edificio con el que me siento, más que nunca, en una deuda perenne.

Me dirijo a la facultad con el posesivo y en primera persona, puesto que, cuando uno pasa por aquí, la vive y la siente, ya no se la puede quitar de su realidad llevándola, con honra y orgullo, dondequiera que va. Aprendí de mis profesores aquí lo que supone utilizar y respetar nuestra lengua, aprendí con autores como George Orwell que “quien tiene el lenguaje, tiene el poder”, con nuestros clásicos del Siglo de Oro que se podía “herir más con la pluma que con la daga” y entiendo que, precisamente por eso, semejante arma merece un respeto, un cuidado y una protección.

Hoy día al lenguaje se le utiliza. Se le tacha de cosas tan absurdas como sexista, como poco igualitario, vamos, se le personifica, se utiliza en muchas ocasiones para no decir nada. Por eso quisiera también que este pregón fuese una reivindicación y una defensa de nuestra lengua y del buen uso de ella. Creo que los que hemos pasado por aquí tenemos ese compromiso impreso ya en nuestra actitud.

Mi estancia en esta Facultad comprendió los cinco años de la licenciatura más los dos cursos de doctorado y la tesis de licenciatura. Un tiempo que lo recuerdo como el mejor de mi etapa formativa y, en buena medida, de mi vida personal.

Tengo esta mañana el enorme placer de encontrarme con muchos de los amigos y facilitadores que he ido encontrando en esa y otras etapas de mi vida. Además de compañeros que me han ayudado a aprender a trabajar, están presentes muchos de los profesores, que junto con mi familia y los amigos de verdad, me han enseñado a SER, que es una cosa que sirve, también para trabajar, pero, por encima de todo, para vivir. En este recuerdo fugaz de cuantos me han hecho como soy, no puedo olvidar también a los que ya no están, familiares, amigos o profesores como nuestro querido maestro Antonio Roldán, a quien tuve el honor de leer, aquí al lado, hace unos 12 años, mi tesis de licenciatura.

A la Universidad de Murcia y, en concreto, a nuestra Facultad de Letras debo tantas cosas, tangibles e intangibles, que no cabe enumerarlas en un discurso que pretende ser breve, sincero y que busca, como no, la arenga para el disfrute y la celebración de unos estudios que son diferentes a los demás, que son estudios sobre la vida que te sirven después para interpretarla y disfrutarla. Y es que alguien dijo alguna vez que donde se quiere a los libros se quiere a los hombres, y esa afirmación es una de las que con más frecuencia he podido constatar. 

Cuando con 37 años recién cumplidos miro atrás para tratar de explicarme cómo he dado con mis huesos aquí y qué fuste los sostiene, encuentro dos grandes patas que, por una suerte de lazos están unidas, actuando estos de nexos, a veces consecutivos y otras veces causales, y conformando el sustento, un perigallo, si se me permite el geolecto, donde ahora me apoyo. 

Una de estas patas la constituyen las personas, especialmente mi mujer y mi hija, mis padres, los buenos maestros y los amigos de verdad. Esa pata te viene dada, casi en su totalidad. La otra pata es fruto más de la elección y la constituyen la formación, los estudios, los buenos libros y las enseñanzas que de ellos se extrae. 

Reconozco pues, haber tenido mucha suerte con todos los factores intervinientes antes descritos y con haber elegido en momentos fundamentales un camino que en su día se me antojaba insondable y que se ha convertido en mi mejor decisión. De estas elecciones hay tres con las que estoy especialmente satisfecho, a saber, la de haber formado la familia que tengo, mi mujer y mi cría, la de haber optado por estudiar filología hispánica, y la de haber dado todo mi esfuerzo a la insigne Organización, con nombre de número, para la que trabajo y a la que dedico todo el tiempo que le quito a los míos. Dejando al margen la más personal, que la trataré en privado con las interesadas, quiero significar lo que la ONCE y esta Facultad de Letras han supuesto para mí.

La Organización Nacional de Ciegos es el lugar que descubrí hace ya trece años, al que me vinculé laboralmente hace once y al que estaré siempre agradecido por darme la oportunidad, primero de encontrarme de nuevo conmigo mismo, cuando todo, real y metafóricamente, se veía más oscuro. Y después, por permitir realizarme haciendo una de las cosas más estupendas que se le puede ofrecer a una persona, trabajar buscando el bienestar de los demás y disfrutar con ello.

No quiero en absoluto dar una imagen de debilidad a causa de la discapacidad, eso iría contra todo lo que creo y por lo que lucho. Antes bien, hago míos los versos de Jorge Luis Borges quien, en su “Poema de los Dones” comienza diciendo: 

«Nadie rebaje a lágrima o reproche 

Esta declaración de la maestría

De dios que con magnifica ironía 

Me dio a la vez los libros y la noche.» 

Por tanto entiéndase que el placer que me aporta el desempeño de mi trabajo ha sido siempre el de abrir puertas, esperanzas y posibilidades a quienes, por naturaleza o accidente, pierden la vista y se suponen relegados, apartados o impedidos. 

La ONCE ha supuesto, pues, la llama que ilumina esa noche borgiana. Hacer esto además, con unos recursos que se obtienen del propio trabajo digno y dignificado de mis compañeros que se emplean a fondo diariamente, bajo el frío o el calor, para hacerlo posible, imprime, si cabe, mayor responsabilidad. 

Muchas puertas se abren gracias a estos servicios, la integración laboral, la rehabilitación, el bastón y el perro guía, la gestión del ocio, el deporte, el acceso a las nuevas tecnologías y un largo etcétera del que quisiera destacar precisamente hoy, la educación y el acceso a la cultura. 

La educación es el pilar fundamental para la libertad y el crecimiento de una persona. Todavía hay muchos niños en el mundo que, desgraciadamente, no pueden acceder a una educación reglada. En nuestro país, gracias a la ONCE los niños y jóvenes ciegos son educados en igualdad de condiciones e integrados en la comunidad educativa. Muchos son los ciegos que, desde el año 38, han podido diplomarse, licenciarse o doctorarse gracias a las ayudas y adaptaciones que facilita la ONCE.

Acceder a los libros, ya sea utilizando el código de lectoescritura braille, ya sea en formato de audio o mediante las nuevas tecnologías, supone ser autónomo para estudiar, formarse y leer, en definitiva, para crecer y ser persona. Creo que todos coincidimos con el filósofo alemán, Immanuel Kant, cuando afirma que «la educación es el desarrollo en el hombre de toda la perfección de que su naturaleza es capaz». Por eso es un servicio y un derecho fundamental para todos y así lo recoge la Convención de las Naciones Unidas sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad. 

Ciertamente el mundo de los ciegos en España se opone radicalmente a aquel que planteaba H.G. Wells en su novela «El país de los ciegos» en la que el raro, el discapacitado era el protagonista vidente que había venido a dar con aquella sociedad de ciegos perdida en los Andes. El ciego en España es una persona integrada, con un buen nivel de autonomía, que trabaja y coopera con el desarrollo de la sociedad. 

A la ONCE llegan diariamente personas con un perfil muy heterogéneo: universitarios, economistas, empresarios, abogados, profesores, etc., puesto que nadie estamos libres de sufrir cualquier tipo de accidente y perder la vista. Ojalá eso no ocurra. Pero, si ocurre, sabed que ahí estará la ONCE, facilitando que todos puedan seguir aspirando a cumplir sus metas, haciendo accesible el entorno y garantizando el acceso a la cultura. 

Y es que, somos conscientes, y desde luego siempre mantendré esa máxima, de que el poder leer nos da una mayor autonomía y libertad. Los libros nos hacen libres, curiosa analogía léxica, nos dan vida y alimentan nuestra alma. Recordemos en este punto la biografía del escritor ruso Fedor Dostoievski quien, en su cautiverio en la dura Siberia, no pedía abrigo ni comida, pedía a sus familiares que le enviaran libros para que su alma no muriera. Igualmente, recordamos al poeta granadino Federico García Lorca cuando comentaba que, si estuviera desvalido en la calle no pediría un pan sino medio pan y un libro. Y es que, quienes saben lo que alimenta un libro, son capaces de intuir lo que supone para una persona abocada a verse privada de ellos, poder acceder a la lectura gracias a las herramientas oportunas. 

Y volviendo a mi experiencia vital, podría decir que el trabajo ha supuesto la plasmación de lo aprendido en esta Facultad. 

Decía Lucio Anneo Séneca, uno de los ciegos humanistas más ilustres de la historia que «para saber algo, no basta con haberlo aprendido». No seré yo quien matice esta verdad pero me atrevo a decir aquí que lo que yo aprendí en esta querida Facultad de Letras sí se ha convertido en los cimientos para saber lo que ahora sé y lo que en un futuro sabré gracias a los ladrillos que en este edificio de la vida va poniendo la experiencia. 

Recuerdo ahora 1992 como un año trascendental en cuanto a decisiones personales. Y es que a las dos semanas de empezar una carrera que me auguraba muchas y pingües salidas laborales, decidí que, aunque tuviera menos futuro, a mí lo que me gustaba era la filología y eso era lo que quería estudiar. Recuerdo que una profesora nos dio la bienvenida, en palabras textuales, “a la gran fábrica de parados”. No se puede decir que fuera un gran espaldarazo a mi decisión en ese momento pero, finalmente, terminé haciendo lo que siempre he hecho, lo que me pedía el cuerpo. Nuevamente volví a acertar en la decisión. Hice los estudios que me gustaban. Empecé en filología clásica por mi cariño a las palabras y a su etimología. Disfruté con la gramática histórica, con la lingüística general, con la teoría de la comunicación y, cómo no, con la sociolingüística que despertó mi interés por la investigación filológica. Y qué decir de la literatura, la contemporánea, la del Siglo de Oro, la hispanoamericana, la crítica literaria, etc.; con ella aprendí a conocer el comportamiento humano en la piel de miles de personajes y autores. 

Aprendí, volviendo a Séneca, lo que más tarde supe y sabré. Pero lo que me ancló el corazón a este puerto no fue la suma de esos saberes sino el cariño y la calidad de las personas que forman esta Casa. El calor humano que se irradia aquí hace que te sientas en familia. Siempre he pensado que estudiar a las personas, hablar de los sentimientos sin tabúes, sin hipocresías, sin tapujos, con naturalidad, nos hace más humanos. Y eso es lo que ocurre aquí. Los profesores tienen la sensibilidad natural de las buenas personas reforzada, si cabe, por el conocimiento de muchas biografías, de muchas vidas, reales o de ficción. Esa impronta se contagia a alumnos y al personal y hace que te sientas en familia. Por eso creo que esta institución es mágica. Y esa magia es la clave que tenemos que exaltar y celebrar en estas fiestas patronales. 

Fue al terminar mis estudios, justo cuando me incorporaba al mundo laboral, el momento en el que supe bien lo mucho que me servía mi formación en esta Facultad. Y ¿cómo?, os podríais preguntar. Cómo un recién licenciado que comienza a trabajar en aquel entonces como integrador laboral puede volcar lo que ha aprendido en una carrera como filología hispánica. La respuesta, la mayoría de vosotros la intuye. Precisamente, porque se trata de intervenir e interactuar con personas, de influir en biografías, de tratar de modificar, no sólo situaciones, sino también sentimientos. 

Os puedo garantizar que, pese a la novedad que estaba experimentando, había y sigue habiendo vivencias que me suenan, que me evocan historias que ya he experimentado en miles de personajes de mis lecturas y de mis estudios con anterioridad. ¿Acaso no he conocido en persona durante este tiempo al Cardenal Richelieu o Milady de Winter, acaso no alguna Madame Bovary versionada o remasterizada, permítaseme el barbarismo, acaso no he visto a Alonso Quijano, con su particular lanza en ristre, darse golpes contra molinos de viento? Y lazarillos, que sin haber leído una palabra de nuestro insigne anónimo, actúan igual, guiados por un código genético que es el mismo que hace que nuestros comportamientos se repitan una y otra vez. 

Creedme. Cuando salgáis de esta Facultad no sólo vais a saber escribir, a valorar la historia, a respetar y poner en valor el acento, el dialecto o el modo de hablar que hemos adquirido en esta hermosa tierra, vais a saber interpretar la realidad, analizar los problemas reconociendo a los sujetos, los objetos y sus complementos. Además de todo eso, vais a tener el honor de conocer y reconocer al avaro de Molière, a Ulises, al Buscón, a Hamlet, al Coronel Aureliano Buendía, al Capitán Alatriste, a Sira Quiroga, al inspector Víctor Ros o a la Reina del Sur, entre miles y miles de personajes. A muchos los encontraréis en la misma persona porque la realidad siempre es poliédrica y una misma persona puede ser el Doctor Jekyll y al día siguiente Mister Hyde, pero, a modo de déjà vu, sentiréis que conocéis profundamente a las personas porque ya pasasteis aventuras, alegrías y penas antes con su alter ego entre las páginas de un libro. 

Pero no quiero que estas reflexiones trascendentales agraven un pregón que como tal, tiene que ser una incitación a participar de las fiestas. Motivos hay. Y es que, pese a los momentos difíciles por los que la sociedad está pasando y que se derivan de la crisis económica y, en buena medida a mi juicio, de la crisis de valores, existen muchas personas que, como vosotros, optan por formarse en unos estudios y valores que, sin duda, contribuirán a mejorar la sociedad del futuro. 

A todos los estudiantes pido encarecidamente que no os guardéis, que no ocultéis, el gozo de disfrutar con los libros, el reto de conocer mejor la Historia, la hermosa inquietud de pensar sobre la realidad y la finalidad de todas las cosas. Divulgad donde estéis el gusto por aprender, el placer de la lectura. Estaréis, de ese modo, siendo leales a esta Facultad y contribuyendo a crear una sociedad más sabia y más justa. Llevad con orgullo vuestra formación porque habéis sido formados en el género o los géneros con los que se fabrica el traje de la historia, el vestido de la vida. 

Os anticipo que no va a ser tarea fácil. Hay muchos enemigos al acecho. Poned la televisión después de comer y tendréis suerte si no se os corta la digestión ante tanto monumento al mal gusto, a lo chabacano, al esperpento y ante tamaño atentado contra la lengua, el diálogo, el buen debate y la cultura. En este sentido, suscribo punto por punto las palabras del semiólogo y escritor italiano Umberto Eco cuando dice que “hoy, no salir en la tele es un signo de elegancia”, o también este otro filólogo y poeta ilustre que es Joaquín Sabina cuando asevera que “La poesía huye, a veces, de los libros para anidar extramuros, en la calle, en el silencio, en losueños, en la piel, en los escombros, incluso en la basura. Donde no suele cobijarse nunca es en el verbo de los subsecretarios, de los comerciantes o de los lechuguinos de televisión”. 

Contra todo eso se erige la labor apostólica de quienes han pasado por esta Facultad. Os pido a los que ahora sois alumnos, que nunca reprimáis vuestra opinión y vuestro criterio, que el que calla, otorga. Si hablan para millones los que no saben ni hablar, que no callen los que sí saben. 

Seguro que San Isidoro, de haber escrito catorce siglos después sus “Etimologías” habría tenido que detenerse mucho en esos fenómenos que atacan a la cultura e idiotizan a la sociedad y habría exhortado, desde estos claustros, desde estas aulas y desde los libros, vivos y necesarios, actuales e intemporales, a luchar contra ello y a difundir la cultura y las Humanidades.

Aprovechad vuestra estancia en esta Facultad, queridos alumnos, seguid transmitiendo los saberes y valores como lo venís haciendo, profesores, seguid propiciando que todos se sigan sintiendo en casa en esta Facultad y disfrutadlo, por favor, disfrutarlo porque todos, alumnos, antiguos y nuevos, profesores, personal de administración y servicios, todos somos unos afortunados.

Celebrémoslo pues en este día del patrón, brindemos por las humanidades, por la cultura, por las letras, porque nuestra Facultad siga dando valores de categoría que contribuyan a mejorar el mundo. 

Yo me despido ya, tratando de no haber sido, como os decía, pretencioso o pedante. Lo quiero hacer como lo haría Don Quijote. No voy a parafrasear al ingenioso hidalgo sino, como os he comentado, a calcar su actitud, revivir sus formas. 

Seguro que Alonso Quijano, en su bendita discapacidad mental, habría puesto en su boca, frases y hazañas de sus héroes, los caballeros andantes de las novelas de caballería. Yo me permito poner en la mía a los héroes que hacen posible que la discapacidad visual no nos cierre la puerta de la cultura, no nos arroje a la noche sin libros. Me refiero a mis compañeros vendedores de cupón. De ellos son dos palabras que deberían estar patentadas, que deberían tener derechos de autor, dos palabras que tienen una carga perlocutiva, que imprimen sentimiento, calor y que yo quiero traer aquí para cerrar este humilde pregón:

SUERTE Y GRACIAS.


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